Habrá que imaginárselo. Es 21 de julio. Hace horas perdimos la final del mundo. Mientras los argentinos estamos ocupadísimos -encantadísimos- elucubrando las más disparatadas teorías e hipótesis conspiranoicas sobre por qué perdimos, Lionel Messi arranca un par de hojas de un bloc de notas, agarra una lapicera y se pone a escribir. Si tomara su celular y mandara un wasap, apenas uno, tendría, en cuestión de segundos, a cualquier director/a de comunicación y relaciones de medios, community manager, licenciado/a en comunicación estratégica, jefe de prensa, responsable en gestión de relaciones o ghostwriter de Hollywood a disposición. Pero no. Él mismo decide escribir. Una carta. De puño y letra. Como en la escuela primaria. O como en el 1800. Así, de manera epistolar, con la emoción a flor de piel, Leo se zambulle de lleno en la naturaleza escurridiza de los recuerdos. No son pocas las emociones que seguramente lo atraviesan. Su historia en celeste y blanco tiene 39 años. Su abuela. Su club. Su vieja. Su viejo. Su viaje.
Hoy, más de un mes después de que fuera escrita esa carta, es el mundo entero el que rememora. Su debut, sus goles, sus proezas. Porque todos, quien más, quien menos, tiene una emoción, un abrazo, un recuerdo, atado a Messi.
La carta de Messi.Se sabe, hay muchos que antes de Qatar decían que todo bien pero que para ser grande, grande de verdad, le faltaba un Mundial. No entendían quizás que no lo necesitaba. Es decir, lo quería, claro, lo soñaba, pero no lo necesitaba para confirmar su grandeza. Ya era enorme, gigante, antes de Qatar. Y no lo necesitaba básicamente porque él es un Mundial: Messi siempre fue un Mundial en sí mismo. Porque genera mucho de lo mismo que produce un Mundial. Ese fenómeno de que en el planeta haya algunos miles de millones a los que, por suerte, no les gusta el fútbol, no les llama, ni fu ni fa, pero cuando llega un Mundial miran los partidos, hablan del offside, se enganchan con un Curazao vs. Costa de Marfil. Eso mismo es lo que Messi generó. Él solito. Es tan grande su figura que su vida, su recorrido, sus frustraciones, sus logros, siempre fueron temas universales, del que todo el mundo habló. Como un terremoto, un atentado, una elección presidencial, la pandemia, el nuevo novio de la nena, el nuevo novio del nene, Messi siempre fue un tema de cualquier mesa familiar. En Burzaco, París o Bangalore.
Messi campeón en Qatar. EFE/EPA/FRIEDEMANN VOGELAsí, a los 39 años (edad en la que al Diego ya le habían cortado las piernas en EE.UU. 94; Pelé ya dejó de jugar en el “Cosmos de Pelé” y participa de la filmación de la película Escape a la victoria con Sylvester Stallone y Osvaldo Ardiles; Di Stéfano se fue del Real Madrid, todavía juega en el Espanyol pero ya no en la selección española; Johan Cruyff ya quemó sus últimos cartuchos en el Levante de la Segunda de España y arranca como entrenador en el Ajax; Wolfgang Amadeus Mozart ya está viendo crecer las flores desde abajo en una fosa comunitaria de la clase media del cementerio de Viena; Vincent Van Gogh ya se cortó la oreja y se suicidó hace dos años; y John Lennon ya se mudó a New York con Yoko Ono y está a un año de ser asesinado a las puertas del Dakota Center), Lionel Messi la rompió en otro Mundial. Descomunal.
Messi, tras la final de Estados Unidos. Foto Juano TesoneDesde su debut en el 2004, a Messi en la Selección pudieron verlo, disfrutarlo, gozarlo, admirarlo, cinco generaciones: los Baby Boomers (1946-1964), la Generación X (1965-1980), los Millennials (1981-1996), la Generación Z (1997-2012) y la Generación Alpha (2013-2025).
Lo increíble fue que durante todos estos años los periodistas hablamos, claro, gansadas, giladas, de Messi. Muchos marcando las cosas qué debía hacer en la Selección: cantar el himno, jugar como en el Barcelona, no mirar el piso, ser lo que no era en aquel entonces (un líder locuaz). En un país malo para casi todo le exigíamos a Messi ser campeón del mundo. Era su deber. Su obligación por ser un fenómeno. Y cada vez que no lo lograba, cada vez que fallaba en sus reiterados intentos, le exigíamos las explicaciones del caso: ¿cómo, Messi, siendo usted tan extraordinario no ha ganado nada con la Mayor? ¿Por qué, Messi, usted que juega tan bien en el Barcelona, acá no le hace un gol al arcoiris? Pongámonos un segundo en el lugar de aquel Messi. Vos, yo, todas, todos, los que no ganamos nada nunca, pongámonos un segundo en su lugar: admirados en el mundo, en todo el mundo, pero castigados muchísimo en el propio país. ¿Cómo fue entonces que Messi no nos mandó a cagar?¿Cómo hizo para tragar saliva y seguir? Nos ha tenido paciencia, Messi, en estos más de 20 años. Por eso, la gloria en Qatar sirvió para demostrar que Messi fue campeón del mundo a pesar nuestro. Por lo tanto, su legado no son las copas, los récords, las gambetas extraterrestres: su legado es el no haber bajado los brazos, el intentarlo una y otra vez, ese perseguir su sueño a pesar de las dificultades.
Messi campeón en Qatar. EFE/EPA/FRIEDEMANN VOGELHoy se va. Dice adiós. No va más. Y está bien. Lo vamos a extrañar. Mucho. Será difícil ver un partido sin el Diez. Over al Diez en la tribuna viendo un partido. Pero quién nos quita lo bailado. Ahora volveremos a la vida normal, al fútbol de selecciones terrenales. Pero en cualquier canchita en la que una nena patee una pelota, allá donde un cincuentón intente una gambeta y se caiga de culo al piso, en cualquier lugar del mundo en el que un nene esté haciendo jueguitos en un semáforo, estará. Porque ahí seguro veremos la 10. Celeste y Blanca.











