La gran deuda pendiente que Inglaterra tiene con el fútbol pasa justamente por las Copas del Mundo. Obsesionados o no, ya probaron con procesos largos, con paciencia, con técnicos extranjeros y con todo tipo de recetas. T al vez por eso la apuesta por Thomas Tuchel no deja de ser una prueba más, aunque con el equipo ya en semifinales la esperanza empieza a ser mayor.
Algo de toda esa frustración acumulada debe ser parte del combustible de un entrenador que no vivió la clasificación al cuadrangular final del Mundial como un “como sea”. O sí, pero lo vivió con los pies sobre la tierra: “No estoy contento con el rendimiento. Hoy tuvimos suerte”, destacó el alemán tras el 2-1 ante Noruega, consciente de que el juego de los suyos cedió mucho protagonismo al rival y que entre el VAR, los palos y mucho de su arquero Pickford lo dejaron vivo antes de que el genio de Belingham resolviera el asunto.
“Jugamos con descuido, cometimos muchos errores técnicos”, insistió, justo mientras en su país natal las redes sociales lamentaban al comparar el presente de un seleccionado que no puede volver a los primeros planos mientras uno de los máximos exponentes que tiene hoy dando vueltas por el mundo se encarga de alimentar el sueño de uno de los máximos rivales a lo largo de la historia. En un camino que tiene vivo el sueño de la segunda estrella a seis décadas del único festejo inglés ante los ojos del mundo.
Ahora bien, ¿qué análisis detallado hizo Tuchel respecto de ese disconformismo? Nada extraño ni muy rebuscado. Apenas el sincericidio de explicar lo que a veces a otros DT les lleva discursos más elaborados. Y que para él es tan simple como resaltar que “Esto no tiene que ver con la mentalidad. Nosotros podemos y necesitamos jugar mejor”.
Claro, con la muestra de clase y jerarquía que dio su goleador de la tarde, más la latente presencia del temible Harry Kane, su aspiración parece ser ostentosa. Pero así sueña Inglaterra.











